Batió a Talleres por la mínima con la vuelta al gol de Andrés Vombergar.
Siempre es positivo comenzar con el pie derecho la disputa de un torneo. Pero que el árbol no nos tape el bosque ya que hay bastante por corregir y mejorar.
En la entrega anterior quien suscribe anticipó que San Lorenzo sería un equipo que no saldría a proponer en cada una de sus presentaciones y que en las tres o cuatro que iba a tener en cada partido debía ser efectivo. Bien, eso es lo que sucedió frente a Talleres de Córdoba. Una de Cerutti que tapó Guido Herrera, otra de Reali con el mismo destino, el golazo de la "Bomba" y otra del mencionado anteriormente que casi ingresa después de un taco en el aire. Claro que además tengo que mencionar a la figura del encuentro, Orlando Gill, un arquero que fue quien ahogó los gritos de gol de Palacios, Galarza y Bustos.
Un arquero que estuvo “secuestrado" en Ciudad Deportiva durante un año, mientras otros dos nos hacían perder puntos en el torneo local y uno de ellos nos dejó afuera de la Copa Libertadores.
Para rescatar, la ínfima evolución de los Herrera, de Baez, la involución de Irala, la seguridad que brindó Gill, la vuelta al gol de Vombergar, y por sobre todo, una entrega que se extrañaba horrores.
Esto de aquí en más, insisto, será así. San Lorenzo de Almagro deberá ser práctico en los últimos metros. No en todos los encuentros se va a topar con rivales que salen a la cancha con tres centrodelanteros en el banco de suplentes (en este caso fueron Tarragona, Girotti y Barticciotto).
En síntesis, el hecho de contar con la propiedad de la pelota el 65% del encuentro no le sirvió a Talleres ni para llevarse un empate del Nuevo Gasómetro. El que gana es el que la emboca, lo demás es puro verso.















