Fuimos testigos de un justo y aburrido empate entre San Lorenzo de Almagro y Colón de Santa Fe.
Recuerdo el equipo del año 1983 del cual Rubén Insúa formaba parte. El que quedó en la memoria de propios y extraños sin haber alcanzado el título. No lo consiguió por su defensa y lo mereció por su ofensiva.
Este San Lorenzo del cual Rubén Insúa es su director técnico nos demuestra la contracara del equipo que hace cuarenta años peleó el título. Se ubica entre los tres primeros del torneo por su defensa. No es líder por su ineficacia de tres cuartos de cancha hacia adelante.
No es una comparación entre un plantel y otro. Si, un llamado de atención para la falta de equilibrio que tiene este presente.
Nadie va a discutir el sentido de pertenencia y compromiso que Rubén Darío le infundió a sus dirigidos. Pero si, debemos destacar que Vombergar como volante por derecha está perdido. Que Bareiro necesita una visita urgente al banco de suplentes. Que ni Barrios ni Martegani se sienten cómodos jugando de doble cinco y lejos del área rival. Tampoco que Cerutti no es ni la cuarta parte del delantero que se transforma meses antes de renovar su contrato.
Hoy, en un pobre encuentro el empate se justifica porque ninguno de los dos fue más que el otro.
El tema de los penales no cobrados en favor de San Lorenzo (hubo dos muy claros) pasa a segundo plano cuando hay un River que fecha tras fecha espera el guiño de alguien para saber en que momento dará la vuelta olímpica, más allá que juegue como y cuando quiere.
El problema también esta en casa ya que hay jugadores que han cumplido un ciclo con esta camiseta. Pero, además, hay un director técnico que debe darse cuenta de que lo más importante en la vida no es tener siete goles en contra en diecinueve partidos.















